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Entre la biblioterapia y los saberes psi: libros, lectura y
profesionalización en el Hospital Víctor Larco Herrera (Lima,
1918-1971)
Between bibliotherapy and psi knowledge: books, reading and
professionalization at the Victor Larco Herrera Hospital (Lima,
1918-1971)
Jair Adolfo Miranda Tamayo
Universidad Nacional de Educación ‘Enrique Guzmán y Valle’, Lima, Perú
Contacto: 20160786@une.edu.pe
https://orcid.org/0009-0005-3107-6096
Resumen
A lo largo de la historia de la psiquiatría
peruana, los libros han ocupado un
lugar relevante, tanto en los dispositivos
terapéuticos como en los procesos
de producción y legitimación del
conocimiento científico. El presente
artículo tiene como objetivo analizar
de qué manera las prácticas y los
usos vinculados al libro y la lectura
en el Hospital Víctor Larco Herrera
(Lima) se articularon con los procesos
de profesionalización de los saberes
psi al interior de la institución, en los
años 1918 a 1971. El análisis de estas
prácticas y usos permite observar
cómo dichos saberes se produjeron,
se implementaron y se legitimaron
en el ámbito hospitalario, aportando
a la consolidación de la psiquiatría
como disciplina científica. Se analiza
los antecedentes del libro y la lectura
en el hospital, la conformación de
Abstract
Throughout the history of Peruvian
psychiatry, books have occupied a
significant place, both in therapeutic
approaches and in the processes of
producing and legitimizing scientific
knowledge. This article aims to
analyze how the practices and uses
related to books and reading at the
Victor Larco Herrera Hospital (Lima)
were linked to the professionalization
of psi knowledge within the institution,
from 1918 to 1971. Analizing these
practices and uses allows us to
observe how this knowledge was
produced, implemented, and
legitimized within the hospital setting,
contributing to the consolidation of
psychiatry as a scientific discipline.
The study examines the history of
books and reading in the hospital, the
establishment of the library, and the
expansion of its practices to various
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la biblioteca y la expansión de sus
prácticas hacia diversos servicios y
actores al interior del hospital. Y, a
modo de epílogo se muestra cómo la
Biblioteca Enrique Encinas constituye
una heredera de estas prácticas y
usos, aun cuando su consolidación
institucional se produjo en un periodo
posterior.
Palabras clave: Profesionalización,
Saberes Psi, Libros, Lectura, Biblioterapia,
Hospital Víctor Larco Herrera, Biblioteca
Enrique Encinas
services and stakeholders within
the hospital. Finally, as an epilogue,
it demonstrates how the Enrique
Encinas Library is a successor to these
practices and uses, even though its
institutional consolidation later.
Keywords: Professionalization,
Psi Knowledges, Books, Reading,
Bibliotherapy, Victor Larco Herrera
Hospital, Enrique Encinas Library
Recibido: 15/10/2025 / Aceptado: 11/01/2026
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Entre la biblioterapia y los saberes psi: libros, lectura y profesionalización en el Hospital Víctor Larco Herrera (Lima,
1918-1971)
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Introducción
La Biblioteca Enrique Encinas es un
centro de información especializado
en salud mental, adscrito al
Hospital Víctor Larco Herrera (en
adelante HVLH), institución pública
dependiente del Ministerio de Salud,
que brinda servicios de prevención,
promoción, tratamiento, recuperación
y rehabilitación en psiquiatría y salud
mental
1
. Desde su rescate y puesta en
valor en 2017, ha pasado de atender
320 usuarios en dicho año a 2,830 en
2024, entre psicólogos, psiquiatras,
literatos, historiadores y público en
general; contando hoy con más
de 18 mil ejemplares catalogados –
libros, folletos, tesis, publicaciones
periódicas, recortes, manuscritos
y otros materiales– que abarcan
desde inicios del siglo XVIII hasta la
actualidad. Asimismo, ofrece diversos
recursos digitales desarrollados desde
un interés en la historia digital y la
historia pública (Biblioteca Enrique
Encinas, 2025).
Aunque la Biblioteca Enrique
Encinas fue conformada en la década
de 1980, su valor bibliográfico y
documental se sustenta en una larga
tradición vinculada al libro y a los
saberes psi, desarrollada al interior del
HVLH desde su inauguración en 1918,
cuando aún llevaba el nombre de Asilo
Colonia de la Magdalena. A lo largo de
más de un siglo, las prácticas y los usos
del libro y la lectura formaron parte del
quehacer hospitalario, extendiéndose
a diversos espacios y actores –
médicos, enfermeros, administrativos
y pacientes– y cumpliendo funciones
que desbordaron el ámbito
estrictamente científico. En efecto,
los libros no solo acompañaron los
procesos de formación, producción
y circulación del saber psiquiátrico en
el marco de su profesionalización e
inserción en redes de conocimiento,
sino que también operaron como
instrumentos de intervención
terapéutica y disciplinamiento,
particularmente a través de usos
como la biblioterapia.
En ese sentido, el presente artículo
se propone analizar de qué manera
las prácticas y los usos vinculados
al libro y la lectura en el HVLH se
articularon con los procesos de
profesionalización de los saberes psi
al interior de la institución, tanto en
sus dimensiones científicas como
terapéuticas. Se sostiene que el
estudio de estas prácticas permite
observar cómo dichos saberes
se produjeron, implementaron,
enseñaron y legitimaron en el
ámbito hospitalario, contribuyendo
a la consolidación de la psiquiatría
como disciplina científica. Lejos de
1
La Biblioteca Enrique Encinas forma parte del Sistema Nacional de Bibliotecas a través del Registro Nacional de
Bibliotecas N° SNB001155. Se encuentra ubicada en la Av. del Ejército N.° 600, Magdalena del Mar, Lima, Perú. Para
mayor información sobre sus horarios y servicios, puede visitar su página web en: https://biblioteca.larcoherrera.
gob.pe
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operar como simples repositorios
de textos, las diversas bibliotecas
del hospital –en sus aspectos
reglamentarios, en la conformación
de sus colecciones, en sus usos
terapéuticos y en los circuitos de
lectura que articularon– funcionaron
como dispositivos institucionales que
integraron formación médica, control
terapéutico y producción científica.
El artículo busca contribuir a
la historia de los saberes psi en el
Perú, en particular al estudio de sus
procesos de profesionalización.
Inspirados en Claudia Araya (2018),
entendemos por profesionalización
el proceso histórico mediante el
cual los saberes psi
2
–con especial
interés en el psiquiátrico– procuraron
consolidarse como disciplinas
científicas autónomas dentro del
campo médico, legitimando su
autoridad sobre la comprensión y el
tratamiento de la locura a través de
la producción de un conocimiento
especializado, la creación de
instituciones formativas y asistenciales
propias, y la articulación de redes de
intercambio con centros científicos
nacionales e internacionales
3
. En este
contexto, los libros no operaron como
simples depósitos de información,
sino como instrumentos científicos
y vehículos fundamentales para la
legitimación y circulación de estos
saberes.
Asimismo, este trabajo dialoga
con la historia cultural del libro y la
lectura, la cual ha demostrado que
el libro no puede comprenderse
únicamente como un contenedor de
ideas, sino como un objeto cultural
cuya materialidad, circulación y
usos se encuentran estrechamente
2
Entendemos por saberes psi como el conjunto de disciplinas, prácticas y discursos –como la psiquiatría, la
psicología, el psicoanálisis y campos afines– orientados a la comprensión, diagnóstico, tratamiento e intervención
sobre la mente, la conducta y la subjetividad en contextos clínicos, científicos e institucionales.
3
La profesionalización de la psiquiatría en el Perú supuso varios aspectos clave. En primer lugar, la construcción
de un cuerpo especializado de conocimientos sustentado en la observación y medición clínica, la anatomía y la
biología. Sus primeras manifestaciones aparecieron en revistas de medicina general como Crónica Médica (1884-
1963), Monitor Médico (1885-1898), Gaceta de los Hospitales (1903-1913) o Reforma Médica (1915-1967), para
luego consolidarse en órganos especializados como la Revista de Psiquiatría y Disciplinas Conexas (1918-1920) y la
Revista de Neuro-psiquiatría (1938-actualidad). En segundo lugar, la creación de instituciones formativas, entre ellas
la Cátedra de Enfermedades Nerviosas y Mentales en la Facultad de Medicina de San Marcos en 1908 –denominada
cátedra de psiquiatría a partir de 1918–, así como de asociaciones científicas, como la Sociedad de Medicina
Legal, Psiquiatría y Criminología, fundada en 1916. En tercer lugar, se desarrollaron espacios asistenciales y de
investigación secularizados, como el Asilo Colonia de la Magdalena, fundado en 1918, y su Laboratorio o Gabinete
de Psicología Experimental, creado al año siguiente. A ello se sumaron instituciones privadas, como la clínica Villa
Margarita (1919), y una activa articulación de redes de intercambio con los principales centros científicos europeos
y norteamericanos. Entre los médicos peruanos que participaron en estos circuitos destacan Hermilio Valdizán,
Baltazar Caravedo y Honorio Delgado, entre otros. Finalmente, el proceso incluyó la configuración de una identidad
profesional basada en el reconocimiento social y político, expresado en la participación de médicos y psiquiatras en
la prensa local, la publicación de cartillas de divulgación sobre higiene mental y el debate alrededor de una ley sobre
la asistencia pública de los alienados, proyectando un discurso que presentaba a la psiquiatría y la psicología como
saberes modernos, capaces de intervenir científicamente sobre la mente y la conducta. Para mayores detalles de
este proceso, ver Ríos (2023, pp. 63-94) y Amaya (2024).
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vinculados a prácticas sociales e
institucionales específicas (Certeau,
2000, p. LII; Darnton, 2010, pp. 117-
146; Chartier, 2017, pp. 21-22)
4
. En
el marco del hospital psiquiátrico
peruano del siglo XX, esta perspectiva
permite caracterizar al libro como
una tecnología atravesada por una
doble función. Por un lado, operó
como recurso terapéutico destinado
a los pacientes –la lectura terapéutica
o biblioterapia–, concebido como
medio de distracción, disciplina
moral y rehabilitación, orientado a la
formación de sujetos acordes con
los ideales de orden y modernidad.
Por otro lado, funcionó como
herramienta de formación científica
para los médicos, quienes se nutrieron
de textos especializados procedentes
de Europa, Estados Unidos y América
Latina, en consonancia con los
procesos de profesionalización y
legitimación del saber local.
Así, el libro se configuró como un
objeto cultural que articuló prácticas
de cuidado, control institucional y
producción de conocimiento en
la historia de la medicina mental
peruana.
El artículo se organiza en cuatro
apartados, cada uno de los cuales
cumple una función específica en
la demostración del argumento. El
primero examina los antecedentes
en torno al libro y la lectura durante
los años de funcionamiento del
Hospicio de Insanos de Lima, primer
establecimiento especializado en
medicina mental en el Perú, inaugurado
en el marco de la denominada
“reforma alienista” (Stucchi, 2022,
p. 55) y en funciones entre 1859 y
1917. Este apartado demuestra que
el interés por el uso del libro entre
los pacientes mentales precede a
la creación del HVLH, aunque su
implementación estuvo marcada por
ensayos fallidos, discontinuidades y
limitaciones propias de la institución.
De este modo, se establece un punto
de partida que permite identificar
continuidades y rupturas en las
prácticas de lectura terapéutica en
pacientes mentales.
El segundo apartado analiza la
presencia del libro y la lectura en la
conformación de una biblioteca en el
nuevo Asilo Colonia de la Magdalena,
entre 1918 y 1932, en un contexto de
creciente profesionalización de los
saberes psi en el Perú. Esta sección
muestra cómo la organización de una
biblioteca institucional respondió a la
necesidad de dotar a la psiquiatría de
un soporte material para la formación
médica, la producción científica y la
legitimación disciplinar a través de
la lectura terapéutica, marcando un
Por razones de economía de lenguaje, al menos que se indique lo contrario, a lo largo de este artículo se emplea el
término libro para referirse de manera general a libros –aunque el principal producto de lectura–, revistas, artículos
y otros materiales impresos
4
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quiebre respecto de las experiencias
fragmentarias del periodo anterior.
El tercer apartado examina la
expansión del libro y la lectura
hacia diversos servicios y actores al
interior del hospital como parte de
los procesos de profesionalización
de los saberes psi –desde la
enfermería psiquiátrica hasta la
histoneuropatología– entre 1930 y
1971. A partir del estudio de casos
como la Escuela Mixta de Enfermeros
y el Laboratorio de Anatomía Normal
y Patológica del Sistema Nervioso,
se demuestra cómo el libro dejó de
ser un recurso restringido a ciertos
espacios médicos para integrarse a
la formación técnica, la investigación
especializada y la circulación interna
del conocimiento, consolidándose
como un instrumento central en la
vida institucional del hospital.
Finalmente, el cuarto apartado, a
modo de epílogo, ubica a la actual
Biblioteca Enrique Encinas como
heredera de las prácticas y usos
del libro y la lectura estudiadas en
el presente artículo. El análisis se
sustenta en una variedad de fuentes,
entre ellas reglamentos y memorias
institucionales, producción científica
y publicaciones periódicas. De este
modo, el artículo contribuye a la
historia de los saberes psi en el Perú
al proponer una mirada que articula
la historia cultural del libro con las
prácticas terapéuticas y la formación
científica en el análisis histórico de la
profesionalización psiquiátrica.
Lectura terapéutica en el
tratamiento moral de la locura
durante el siglo XIX
Aunque los antecedentes de la
lectura terapéutica en personas con
enfermedades mentales se remontan
a la antigüedad, las primeras
referencias modernas pueden situarse
durante el proceso histórico que
Michel Foucault denominó “El Gran
Encierro”, aunque con intentos no
sistemáticos
5
. Sin embargo, fueron
los alienistas europeos quienes, entre
el siglo XVIII y XX, proporcionaron
iniciativas, experiencias y propuestas
importantes y estimulantes para el
tratamiento moral de los enfermos
mentales, aprovechando la lectura
y las artes como herramientas
terapéuticas
6
.
Para una historia de la lectura terapéutica en pacientes mentales, ver Engelhardt (2025).
El alienismo fue una corriente médica reformista que se constituyó en los manicomios europeos entre finales del
siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX, principalmente en Francia, Italia, Gran Bretaña y Alemania. Respecto al
tratamiento moral, sintetizado por el médico francés Philippe Pinel, esta propuesta buscó influir en el paciente a
través de la moralidad y el cuidado humanitario para restaurar su equilibrio mental, identificando los vestigios de
razón presentes en su afectación. Representó una ruptura con las prácticas brutales de confinamiento y castigo de
épocas anteriores, e integró en el tratamiento de la locura elementos como la disciplina, el trabajo y actividades
recreativas burguesas (Miranda, 2025, p. 128).
5
6
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Por ejemplo, el alienista alemán
Johann Christian Reil (1803, p.
136, 416), quien acuñó el término
“psychiatrie”, destacó la lectura como
una herramienta terapéutica esencial
en el tratamiento de trastornos
mentales, especialmente la lectura en
voz alta, proponiendo que, junto con
otros métodos psicológicos como la
estimulación de la imaginación y la
atención dirigida, podían restablecer
el equilibrio mental al influir en las
percepciones y emociones del
paciente. Empero, para el alienista
francés Jean-Étienne Dominique
Esquirol (1847, t. 1, pp. 186, 249, 251,
301-302, 307), la lectura, aunque
potencialmente beneficiosa para el
paciente, debía ser cuidadosamente
controlada. Esquirol advertía sobre
los riesgos de ciertas lecturas, como
las de carácter místico o aquellas que
exaltaban el suicidio.
El efecto de la lectura dependía
del tipo de paciente: incluso un
periódico político podía inducir a
algunos a creerse el nuevo “Delfín de
Francia” o un texto romántico podía
agravar un cuadro de monomanía.
En la segunda mitad del siglo XIX, el
modelo de non restraint, promovido
por figuras como el británico John
Conolly (1856, pp. 144, 249–252),
defendió la eliminación del uso de
restricciones mecánicas en pacientes
con enfermedades mentales, además
de abogar por la incorporación de
bibliotecas en los manicomios. Este
enfoque reconocía el valor de la
lectura y la escritura como formas de
distracción, consuelo e instrucción
para los pacientes.
En América, el interés por el
libro y la lectura tuvo un temprano
desarrollo en Estados Unidos. El
médico Benjamin Rush, inspirado
en el tratamiento moral, recomendó
la biblioterapia en el tratamiento de
alienados mentales, acuñando el
término “bibliotherapist” en 1810.
Rush sostenía que en los hospitales
para enfermos mentales debían existir
dos tipos de lecturas: las recreativas
y las instructivas (Engelhardt, 2025,
p. 445). A su vez, John Minson Galt
II fue el primer estadounidense en
publicar textos sobre biblioterapia y
en ofrecer una visión general de las
bibliotecas en los manicomios de su
país durante las décadas de 1840 y
1850 (Weimerskirch, 1965, p. 515).
La modernización del tratamiento
de la locura en América Latina durante
el siglo XIX estuvo profundamente
influenciada por el discurso alienista,
especialmente las vertientes
francesa e inglesa, aunque este fue
adaptado de diversas formas según
las realidades locales en las que se
buscó implementar. En este proceso
de apropiación y reformulación del
saber alienista, la lectura terapéutica
también estuvo presente. En 1868, el
médico alienista mexicano José Peón
Contreras organizó una biblioteca en
el Hospital de San Hipólito –institución
dedicada al tratamiento de dementes
varones en la ciudad de México–,
que contaba con 420 libros y una
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gran cantidad de periódicos (Morales,
2008, p. 126).
En 1881, la Comisión Auxiliar del
Manicomio Nacional de Montevideo
promovió la creación de una
“biblioteca recreativa” mediante el
envío de circulares a los vecinos de
la ciudad, con el fin de recolectar
libros destinados a los pacientes
(Duffau, 2015, p. 189). En 1884, el
reglamento de la Casa de Orates de
Santiago formalizó la instauración
de una biblioteca para los internos
(Casa de Orates de Santiago, 1901,
p. 262). Finalmente, a comienzos del
siglo XX, la reforma impulsada por el
médico Juliano Moreira en el Hospital
Nacional de Alienados de Río de
Janeiro incluyó la implementación de
una biblioteca y una sala de lectura
para los enfermos (Facchinetti, 2022,
p. 53).
Aunque las ideas alienistas
rondaban Perú desde al menos 1818
(Miranda, 2025, p. 94), el médico
José Casimiro Ulloa fue el primero
en articular este discurso en favor
de la modernización del tratamiento
de la locura en Lima durante la
década de 1850. Ulloa argumentó
que resultaba importante incorporar
la práctica de “hábitos sociales” o
“medios morales” modernos en el
tratamiento de la locura, siguiendo el
modelo de los hospitales europeos,
los cuales conocía personalmente.
Estas prácticas incluían actividades
recreativas como el billar, el ajedrez
o los juegos de salón; el ejercicio
físico en gimnasios; el cultivo de la
sensibilidad en jardines vistosos o
mediante la escucha de orquestas y
la práctica de instrumentos como el
piano; y, por supuesto, la lectura en
bibliotecas.
Estas distracciones burguesas no
solo buscaban el bienestar de los
internos, sino también formar futuros
ciudadanos que, una vez dados de
alta, pudieran integrarse y ser útiles
a la sociedad moderna. En palabras
de Ulloa (1857, p. 9), se trataba de
fomentar aquello que “distingue a
los modernos tiempos”: personas
trabajadoras, sensibles a los hábitos
decentes, con cuerpos atléticos y
formadas cultamente (Miranda, 2025,
p. 102).
Ulloa fue el principal impulsor de
la creación del Hospicio de Insanos,
la primera institución especializada en
medicina mental en el Perú, concebida
con el propósito de superar el modelo
asilar y represivo de las antiguas
loquerías coloniales e incorporar los
principios del discurso alienista en el
país. El Hospicio fue inaugurado en
Lima el 16 de diciembre de 1859, y
Ulloa se desempeñó como su médico
titular hasta su fallecimiento en 1891.
No obstante, el primer reglamento
de la institución, pese a las ideas
previamente sostenidas por Ulloa,
no contempló la creación de una
biblioteca para los pacientes ni el uso
de la lectura como recurso terapéutico
(Hospicio de Insanos, 1860, pp. 107-
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109). Años más tarde, el médico
Manuel Antonio Muñiz (1885) llamó
la atención de este vacío: “[no existe]
Una pequeña biblioteca médica, un
periódico ó revista especialista” (p. 54).
A diferencia del reglamento del
Hospicio de 1859, el de 1897 –
elaborado con la participación de
Muñiz, sucesor intelectual de Ulloa y
médico titular del departamento de
hombres, entre 1890 y 1897, además
de conocedor directo del modelo
non restraint– fue explícito respecto
al tiempo destinado a la lectura para
los pacientes durante las mañanas.
En dicho reglamento se señalaba: “La
lectura, en común ó privadamente,
en voz alta ó mentalmente, solo
se permitirá á los enfermos que
designe el médico, el que tendrá
especial cuidado en vigilar la clase de
lectura conveniente á cada paciente”
(Hospicio de Insanos, 1897, pp. 25-
26). Esta regulación buscaba evitar
que los internos accedieran a textos
con contenido sexual, violento o
perturbador, que pudieran agravar
su estado mental o interferir con su
tratamiento, tal como recomendaban
los alienistas franceses.
Sin embargo, la implementación
de la lectura como herramienta
terapéutica enfrentó diversas
limitaciones. En 1901 se insistía en
la necesidad de habilitar un salón de
lectura para los insanos (Sociedad de
Beneficencia Pública de Lima, 1901,
p. 325), pero ante la imposibilidad de
concretarlo, en 1910 solo se consigna
la existencia de un estante con libros
en la sala de recreo del departamento
de varones –sin equivalente en el de
mujeres, lo que revelaba diferencias
en el acceso a la lectura en términos
de género–, junto a un melodium
averiado, un juego de sapo y varios
dameros (Sociedad de Beneficencia
Pública de Lima, 1911, p. 175).
No obstante, el contacto con el
libro no se reducía al ingreso a la sala
de recreo: Hermilio Valdizán (1923,
p. 30) señaló que algunos pacientes
se ocupaban en encuadernar libros.
Asimismo, en el Hospicio funcionaba
una biblioteca destinada a las
Hermanas de la Caridad (Sociedad de
Beneficencia Pública de Lima, 1911, p.
170), compuesta en su mayoría por
obras de carácter religioso en francés.
La naturaleza de estos textos sugiere
que dicha biblioteca estuvo concebida
más para el control espiritual y moral
que para el esparcimiento de las
pacientes.
Se desconoce si los internos
accedían directamente a ellos; sin
embargo, es probable que lo hicieran
de manera indirecta a través de la
mediación moral de las Hermanas,
responsables de la asistencia
cotidiana en el Hospicio (Miranda,
2025, p. 12). Es probable que varios de
esos volúmenes correspondan a los
ejemplares que hoy se conservan en la
Biblioteca Enrique Encinas, los cuales
pueden identificarse gracias a las
inscripciones de propiedad que llevan
la leyenda “Hospicio de Insanos de
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Lima” y corresponden generalmente a
temáticas religiosas.
En 1896, en el marco de la política
de modernización de la infraestructura
peruana impulsado por el gobierno
de Nicolás de Piérola, se promovió un
concurso público para la construcción
de un nuevo manicomio que
remplazase al deteriorado Hospicio
de Insanos. La propuesta ganadora fue
la de Muñiz, la cual estuvo inspirada
en el modelo open door o de puertas
abiertas –con énfasis en la colonia
agrícola de Gheel, Bélgica– y el non
restraint. Respecto a la lectura, la
propuesta incluyó la creación de una
biblioteca “de 6 metros por 14 metros”
en el pabellón del cuerpo médico
(Muñiz, 1897, p. 83). Aunque fallecido
en 1897, la propuesta de Muñiz pudo
ser ejecutada paulatinamente con
la construcción del Asilo Colonia
de la Magdalena, el cual comenzó a
funcionar en 1918 y recibió alrededor
de 560 pacientes del antiguo Hospicio
de Insanos.
Con todo, la experiencia del
Hospicio de Insanos muestra que, si
bien el libro y la lectura formaron parte
temprana del repertorio terapéutico
y moral del tratamiento de la locura
en el Perú, su implementación fue
fragmentaria, desigual y dependiente
de iniciativas individuales más que de
una política institucional sostenida.
Estas prácticas coexistieron con vacíos
normativos, limitaciones materiales y
usos orientados más a la distracción
o control moral que una verdadera
terapéutica, sin llegar a consolidarse
plenamente como un dispositivo
estable dentro del establecimiento.
Este escenario de ensayos,
discontinuidades y aprendizajes
constituye el punto de partida desde
el cual debe comprenderse el giro
que supuso la inauguración del Asilo
Colonia de la Magdalena en 1918,
donde la creación de una biblioteca
institucional marcaría una nueva
etapa en la articulación entre lectura,
profesionalización psiquiátrica y
organización hospitalaria, lo cual
veremos a continuación.
La Biblioteca Central del Asilo
Colonia de la Magdalena
La nueva propuesta asistencial del
Asilo Colonia de la Magdalena –Asilo
Colonia Víctor Larco Herrera desde
1920 y Hospital Víctor Larco Herrera
desde 1930– tuvo a la lectura como
parte de las actividades en favor de
la rehabilitación del enfermo mental.
A diferencia de los reglamentos del
antiguo Hospicio de Insanos, el del
Asilo Colonia incluyó un apartado
específico dedicado a la biblioteca,
a la que denominaremos Biblioteca
Central, ya que a lo largo de la historia
del hospital funcionaron diversos
servicios bibliotecarios vinculados a
sus distintos servicios.
Según el reglamento, la Biblioteca
Central estaba dividida en dos
secciones: por un lado, la “Biblioteca
Científica del Asilo”, destinada a los
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médicos y servidores del hospital, con el objetivo de ofrecer material bibliográfico
actualizado para impulsar las investigaciones surgidas en el seno de la nueva
institución psiquiátrica; y por otro lado, la “Biblioteca para enfermos”, destinada
a los pacientes como parte de su rehabilitación (Asilo Colonia de Alienados de
la Magdalena, 1919, pp. 18-19; Larco, 1919, p. 31). En 1920 el 75% de los libros
tenían como objetivo la investigación, con secciones dedicadas a la neurología,
psiquiatría, psicología, sociología, pedagogía, antropología criminal, medicina
general, y otros, todas disciplinas significativas para la profesionalización de los
saberes psi; mientras que el 25% eran para pacientes, principalmente literatura
(Asilo Colonia de la Magdalena, 1920, p. 74) (Cuadro 1).
Cuadro 1
Volúmenes custodiados en la biblioteca del Asilo Colonia de la Magdalena en 1920
Neurología 138 Medicina general 51
Psiquiatría 182 Variedades 58
Psicología, sociología y
pedagogía
84 Libros para enfermos 186
Antropología criminal 19 Total 718
Nota. Fuente: Asilo Colonia de la Magdalena (1920, p. 74)
Respecto a los libros para la
investigación, la biblioteca se
enriqueció con las donaciones de
libros realizadas por el filántropo
trujillano Víctor Larco Herrera, quien
se desempeñó como inspector
del hospital entre 1919 y 1924.
En 1920, elevó a la Sociedad de
Beneficencia Pública de Lima y al
cuerpo médico del Asilo Colonia
diversas comunicaciones que dieron
cuenta del resultado de su visita a
20 establecimientos de asistencia
psiquiátrica en el extranjero, con el fin
de introducir algunas reformas al Perú
desde la lectura de la experiencia de
los principales focos científicos del
mundo occidental.
Su paso por Argentina, España,
Uruguay, Inglaterra, París, Puerto
Rico, Cuba y Ecuador, también se
tradujo en la adquisición de libros
especializados (Larco, 1920, pp.
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24, 28, 39, 46). Larco entregó al
menos 650 ejemplares, los cuales se
custodian hoy en la Biblioteca Enrique
Encinas bajo el rótulo de Colección
Víctor Larco Herrera (XVLH). Es
menester señalar que Larco mostró
un gran interés en los progresos del
nuevo manicomio desde 1912, año
en que inició una fructífera amistad
con Baltazar Caravedo Prado y con
quien viajó por Europa, entre 1912
y 1914, para recabar información,
planos, sistemas administrativos,
costos, etc. Asimismo, entre 1919 y
1924 realizó cuantiosas donaciones
para la continuidad de las obras del
Asilo Colonia, las cuales superaron el
millón de libras (Caravedo, 1968, pp.
24-25).
En este sentido, la profesionalización
del saber psiquiátrico se sostuvo, en
parte, gracias a las redes de intercambio
de conocimiento establecidas entre
la ciencia occidental y la peruana a
través de los viajes de observación y
recolección de información, donde
los libros desempeñaron un papel
importante como medio material de
circulación y transferencia del saber
médico.
Sobre el material bibliográfico
donado por Larco, destacan obras de
importantes médicos europeos del
siglo XIX, como las del francés Bénédict
A. Morel, uno de los más influyentes
para la psiquiatría de dicha época; el
alemán Emil Kraepelin, fundador de
la psiquiatría clínica moderna; Jean-
Martin Charcot, neurólogo francés,
fundador de la neurología moderna;
del médico e histopatólogo español
Santiago Ramón y Cajal, padre de la
neurociencia, entre otros. Resalta el
libro Asiles et Hôpitaux Régionaux dans
la République Argentine: Prévision
et Assistance Sociale (Buenos Aires,
1918), el cual contiene una dedicatoria
del médico, psiquiatra y sanitarista
argentino Domingo Cabred a Larco. El
texto, profusamente ilustrado, resume
las obras y progresos de la Comisión
Asesora Asilos y Hospitales Regionales
de la República Argentina, encargada
de la organización de los servicios de
asistencia social en dicho país.
Según Larco, al donar el libro a la
biblioteca del Asilo Colonia, buscaba
inspirar “la necesidad de iniciar en
el Perú campaña en pró de la mejor
asistencia social”, teniendo como
punto de partida la experiencia
argentina, en donde “la asistencia
de alienados ha alcanzado un alto
nivel” (Larco, 1920, pp. 6, 30). Cabe
señalar que Cabred, alienista e
impulsor del open door en Argentina,
estaba profundamente interesado
en el devenir del Asilo Colonia,
especialmente desde su visita a Lima
como partícipe del V Congreso
Médico Latinoamericano de 1913
(Larco, 1920, p. 30; Salaverry, 2000, t.
1, p. 723).
Por otro lado, respecto a la
lectura para pacientes, la nueva
propuesta asistencial del Asilo
Colonia tuvo a la biblioteca como
parte de las actividades en favor de
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la rehabilitación del enfermo mental,
no solo en la Biblioteca Central, sino
también en los diversos pabellones de
internamiento
7
. Esto se hizo explícito
en la distribución de los ambientes
al interior de los pabellones. Por
ejemplo, los pabellones para
alienados pensionistas (hoy Pabellón
N° 2 y Consulta Externa Adultos)
contaban con una sala de lectura; sin
embargo, no sucedió de igual modo
con los pabellones para alienados
indigentes gratuitos (hoy Pabellón N°
4 y 5), quienes, al menos en los planos
originales del hospital, no contaron
con una sala especializada para ello,
lo que indica una diferenciación en
el acceso a la lectura en términos
socioeconómicos (Hospital Nacional
de Alienados, 1918).
A esto se sumó la gran cantidad de
analfabetos o sujetos con educación
incompleta existentes en el Asilo
Colonia. Por ejemplo, para 1920 los
analfabetos representaron un 21.1%
de los pacientes atendidos en el año,
mientras que los que solo tenían
primaria un 59.3%, sumando ambos el
80.4% (Asilo Colonia de la Magdalena,
1920).
Los libros destinados a los
enfermos estaban cuidadosamente
seleccionados por los médicos, y solo
podían acceder a la lectura a aquellos
que, a juicio de los profesionales,
podían ejercer la práctica de la lectura.
(Valdizán, 1934, p. 134). Respecto de
la adquisición de libros para pacientes,
Larco (1919) mencionó:
Ha dotado a los enfermos de una
Biblioteca cuyo material ha sido
cuidadosamente seleccionado
por los médicos y ha contratado
la suscrición a todos los diarios
y revistas que se editan en Lima,
organizando así salas de lectura
que funcionan todos los días y con
numeroso personal de lectores,
entre los cuales sólo se cuentan
aquellos enfermos que, a Juicio
de los señores médicos, pueden
llevar a cabo tales lecturas (p. 17).
El contacto de los pacientes con
los libros no se limitó únicamente a la
lectura. Desde su establecimiento en
1920, la imprenta del hospital obtenía
gran parte de su fuerza laboral de la
participación de pacientes mentales
bajo la figura de la laborterapia,
método terapéutico aplicado en
psiquiatría que promovía actividades
de ocupación como parte del
proceso de restablecimiento mental
–los internos también desempeñaban
labores en los talleres de zapatería,
sastrería, carpintería y otros oficios
(HVLH, 1933, p. 52)–. Esta imprenta
se empleó tanto para la producción
de documentos administrativos
del hospital –formatos, memorias,
reglamentos, manuales, boletines y
revistas institucionales– como para
Entre los pacientes que accedieron a la lectura terapéutica fue N. N., pintor esquizofrénico estudiado por Delgado
(1966), quien participó de sesiones de “biblioterapia individual y de conjunto” desde su internamiento en 1927
7
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encargos externos, que incluían
publicaciones de otras dependencias
de la Beneficencia e incluso textos de
particulares.
Siguiendo las observaciones
de Rodrigo Vera (2025), puede
reconocerse cómo la imprenta y el
trabajo de los pacientes, legitimado
bajo el discurso terapéutico de
la laborterapia, conformaron un
circuito simbólico y productivo en el
que la profesionalización del saber
psiquiátrico dependía, en buena
medida, de la propia participación de
los enfermos. Ejemplo de ello fueron
las traducciones de clasificaciones de
enfermedades mentales extranjeras
al español o manuales de interés
para las disciplinas psi, impresos en
la tipografía del hospital mediante el
trabajo de los mismos pacientes que,
paradójicamente, constituían el objeto
de estudio de ese conocimiento
8
.
En palabras del propio Vera (2025),
“el enfermo se integraría como parte
de la cadena productiva del hospital al
proporcionar la fuerza de trabajo que
haría posible el desarrollo científico,
indispensable para explicar su
anomalía y, eventualmente, curarla”
(pp. 81-82).
La colección de folletería de la Biblioteca Enrique Encinas custodia estas publicaciones editadas en la imprenta,
destacando: Principios y Métodos para el Examen de Enfermos Mentales: Plan de William A. White (1931), La
Clinoterapia en el tratamiento de las Enfermedades mentales: Instrucciones para el Personal Técnico Auxiliar de
Asistencia (1932), Balneoterapia: Baños de permanencia (permanentes - continuos prolongados): Instrucciones
al personal técnico auxiliar de asistencia (1932), Clasificación Americana de los Desórdenes Mentales (1937),
Clasificación de los Problemas Psiquiátricos en los Niños (1938), entre otros.
8
A pesar del interés inicial por el
libro y la lectura, la Biblioteca Central
enfrentó diversas dificultades durante
sus primeros años de funcionamiento.
Su primera ubicación se hallaba en
el pabellón de la Clínica Psiquiátrica
–curiosamente, el mismo espacio
donde hoy se encuentra la Biblioteca
Enrique Encinas–. Empero, en
1930 fue trasladada al Pabellón
Administrativo, también conocido
como Pabellón Central, con el fin
de facilitar su vigilancia, debido
a que “muchos volúmenes han
desaparecido y la mayor parte han
sido atacados por polillas”; además, se
señalaba la ausencia de inventarios de
las colecciones (HVLH, 1931, p. 35).
A esto se adiciona que entre 1918 y
1931, la gestión de la biblioteca estuvo
a cargo de un médico residente,
quien contaba con el apoyo de un
enfermero encargado de distribuir
los libros entre los pacientes en sus
respectivos pabellones después del
almuerzo (Asilo Colonia de Alienados
de la Magdalena, 1919, pp. 19, 28-29).
Hasta entonces, no existía personal
dedicado de manera exclusiva al
cuidado y administración de los
fondos bibliográficos.
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Atendiendo a la situación crítica de
la biblioteca, en 1931 el hospital creó
el puesto de bibliotecario (Caravedo,
1931, p. 215), cargo que fue asumido
por el puneño Ricardo Arbulú
Vargas (1907-1995), quien trabajó
en la institución entre 1932 y 1947
(Ruiz, 1994, p. 149; Mac Kee, 1997,
p. 42). Durante su gestión, Arbulú
desarrolló una labor destacada entre
los pacientes, fomentando no solo
la lectura, sino también la creación
artística mediante la organización de
concursos de poesía, cuento, novela,
pintura y ensayo (Ayala, 2009, p. 129).
Asimismo, mantuvo una estrecha
amistad con Ramón Rafael de la
Fuente Benavides, mejor conocido
como Martín Adán, quien permaneció
en el hospital bajo régimen libre
entre 1937 y 1949 debido a un
alcoholismo recalcitrante, siendo
tratado por el médico arequipeño
Honorio Delgado (Corzo, 2007, pp.
43-44). La reconocida labor de Arbulú
como bibliotecario motivó que los
historiadores Ella Dunbar Temple y
Jorge Basadre lo recomendaran para
integrar la primera promoción de la
Escuela Nacional de Bibliotecarios
en 1944. Un año después, en 1945,
la biblioteca del hospital –bajo su
dirección– fue incluida en el primer
registro oficial de bibliotecas del
país, elaborado por el Ministerio de
Instrucción Pública, constituyendo
uno de los primeros esfuerzos por
sistematizar el panorama bibliotecario
nacional (Delgado, 1945, p. 368).
Pero también, representó una mayor
visibilidad de la labor bibliotecaria del
HVLH.
Por otro lado, con el fin de
mitigar la pérdida y el deterioro
de sus colecciones, desde 1932
la Biblioteca Central implementó
una activa política de donaciones y
canje de publicaciones, priorizando
especialmente el intercambio con
instituciones extranjeras. Desde su
primer número, el Boletín de Higiene
Mental –órgano oficial del cuerpo
médico del hospital, publicado entre
1932 y 1937 y sucedido por Archivos
Peruanos de Higiene Mental entre
1937 y 1941– promovió la idea de
consolidar al HVLH como un centro
de referencia para la recopilación y
difusión de la producción científica
nacional e internacional en torno a las
disciplinas psi.
Entre las revistas extranjeras
recibidas destacaron números del
Boletim de Higiene Mental, Archivos
Brasileiros de Hygiene Mental y
Arquivos da Assistência a Psicopatas
de Pernambuco (Brasil); la Revista
de Psiquiatría y Neurología de La
Habana (Cuba); la Revista Mexicana
de Psiquiatría, Neurología y Medicina
Legal (México); Mental Hygiene
(Inglaterra); y los Anales de la Sociedad
Argentina de Criminología (Argentina)
9
.
Ver, por ejemplo, Boletín de Higiene Mental (Lima), números 13 (feb. 1935, p. 6), 16 (mar. 1936, p. 6) y 18 (set. 1936, p. 6).
9
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Hoy, estas publicaciones forman parte
del acervo de la Biblioteca Enrique
Encinas.
En conjunto, la experiencia de la
Biblioteca Central del Asilo Colonia de
la Magdalena muestra cómo el libro
se consolidó, por primera vez, como
un dispositivo institucional clave para
la profesionalización de los saberes
psi al interior de una institución de
medicina mental –en comparación
con el Hospicio de Insanos–, al articular
formación médica, producción
científica y prácticas terapéuticas bajo
una misma lógica organizativa.
Sin embargo, esta centralización
no implicó un uso homogéneo ni
plenamente estabilizado: las tensiones
derivadas de la diferenciación social
o educacional de los pacientes, la
conservación material de los libros
y las limitaciones administrativas
evidencian que la lectura desbordó
rápidamente los márgenes de la
Biblioteca Central para insertarse en
otros espacios, servicios y prácticas
del hospital. Este desplazamiento y
ampliación del libro y la lectura más
allá de la Biblioteca Central constituye
el punto de partida del siguiente
apartado, dedicado a analizar su
expansión hacia diversos servicios y
actores del HVLH en el marco de una
creciente especialización interna del
saber psi.
Otros espacios bibliotecarios del
Hospital Víctor Larco Herrera:
Las bibliotecas de la Escuela
Mixta de Enfermeros y el Servicio
Encinas
El reglamento interno del Asilo
Colonia de la Magdalena, aprobado
el 8 de noviembre de 1918, pautaba
que el régimen administrativo y
económico de la institución corría a
cargo de la superiora de las Hermanas
de la Caridad, manteniendo así una
continuidad en la asistencia religiosa
heredada del Hospicio de Insanos
(Asilo Colonia de la Magdalena, 1919,
p. 6). Sin embargo, este reglamento
fue duramente criticado, tanto desde
la opinión pública aterrizada en los
diarios locales como por los médicos
y autoridades del Asilo Colonia
(Delgado, 1918, pp. 284-291).
El discurso advertía que la presencia
de las Hermanas de la Caridad
no solo era arcaica, defectuosa y
anticientífica, sino que arraigaba el
carácter de caridad a la atención de
enfermos mentales, lo cual retrasaba
la transformación de la institución
psiquiátrica en una obligación del
Estado (Delgado, 1918, pp. 284-
285). Desde luego, que estas críticas
estuvieron empapadas de un contexto
caracterizado por la profesionalización
del saber psiquiátrico peruano durante
las primeras décadas del siglo XX.
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Luego de notorias tensiones,
las cuales han sido rescatadas por
Valdizán (1934, pp. 101-105), las
Hermanas de la Caridad se retiraron
en 1919 (Caravedo, 1985, p. 73),
siendo remplazadas por enfermeros
y enfermeras de la Escuela Mixta
de Enfermeros. Esta institución,
establecida en el Hospital 2 de Mayo y
bajo la administración de la Sociedad
de Beneficencia Pública de Lima, fue
fundada en 1915 por iniciativa del
doctor Wenceslao Molina, y recibió
una importante influencia de la
enfermería estadounidense e inglesa
(Caravedo, 1985, p. 73; Musayón y
Vivar, 2017, p. 19; Tavera, 2015, pp. 55-
57; Zárate, 2015, p. 50).
El proceso de laicización fue
paulatino, teniendo como hito
culminante la creación de la Escuela
Mixta de Enfermeros Especializado
en Psiquiatría del HVLH, lo cual
fue esperanzadoramente recibida:
“Nuestra escuela ha llenado un
gran vacío y representa un progreso
decisivo en la asistencia de los
enfermos mentales en el Perú…para
establecer el tratamiento sobre bases
científicas”
10
.
Fue una institución educativa
dedicada a formar a los enfermeros y
enfermeras del hospital en temas de
asistencia psiquiátrica, impulsando la
especialización en el nosocomio. Fue
creada a fines de 1930 e inaugurada el
2 de marzo de 1931 con el inicio del
año lectivo; asimismo, fue reconocida
oficialmente el 26 de agosto de
1933 por Resolución Suprema del
Gobierno. En 1947, la institución fue
reorganizada y adoptó el nombre de
Escuela Mixta de Enfermeros. Estuvo
ubicada en el edificio que actualmente
funciona como sede del Museo
Historia de la Psiquiatría. Tuvo como
primer director al médico psiquiatra
Baltazar Caravedo Prado, quien a su
vez se desempeñaba como director
del hospital.
Para el dictado de los cursos, se
contrató a enfermeras inglesas, como
Miss Cumming y Miss Alice Brothers,
quien también se desenvolvió como
directora (Alvarado, 1953, pp. 303-
304). El programa, de tres años de
duración, incluía asignaturas teóricas y
prácticas relacionadas con enfermería
general, psiquiatría, psicología,
fisioterapia, higiene mental, anatomía,
farmacología y ciencias básicas, así
como cursos complementarios como
mecanografía, inglés y educación
física. La Escuela funcionó hasta 1962,
año en que suspendió sus actividades
por limitaciones internas, trasladando
a sus estudiantes a la Escuela Nacional
Hospital Víctor Larco Herrera, Biblioteca Enrique Encinas, [Libro de actas del Cuerpo Docente y Consultivo de la
Escuela Mixta de Enfermeros Especializados en Psiquiatría], Tomo 1931-1947, fs. 47-48.
10
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de Enfermeras del Hospital Arzobispo Loayza (Escuela Mixta de Enfermeros, 1951,
1960; Sociedad de Beneficencia de Lima, 1962, p. 74).
La institución contó con una biblioteca especializada, definida como el “medio
auxiliar preponderante en la educación de la enfermera”
11
(Figura 1). Se procuraba
que los títulos adquiridos guardaran relación directa con los cursos impartidos.
Además, algunos docentes elaboraron manuales adaptados a la enseñanza que
ofrecían. Tal fue el caso del psiquiatra Carlos Krumdieck, quien asumió el curso
de Psiquiatría en 1932 y, dos años después, publicó Introducción al estudio de la
psiquiatría en la imprenta del hospital (Boletín Bibliográfico, 1935, p. 5). Esta obra,
pensada para sus estudiantes de la Escuela, buscó llenar un vacío académico a nivel
nacional, al convertirse en el primer manual especializado en psiquiatría publicado
en el Perú. Asimismo, algunas lecciones de los docentes fueron publicadas en
órganos de difusión del hospital, como el Boletín de Higiene Mental
12
.
Hospital Víctor Larco Herrera, Biblioteca Enrique Encinas, [Libro de actas del Cuerpo Docente y Consultivo de la
Escuela Mixta de Enfermeros Especializados en Psiquiatría], Tomo 1947-1956, f. 62.
Ver, por ejemplo, Valega (1932), referente a la sesión inaugural del curso de Psicología, y Krumdieck (1934), lección
sobre historia de la asistencia de los alienados mentales.
11
12
Figura 1
Biblioteca de la Escuela Mixta de Enfermeros
Nota. Fuente: Escuela Mixta de Enfermeros (1960)
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La tercera biblioteca más
importante surgió a partir de 1936,
cuando se estableció el Servicio de
Autopsias y Laboratorio de Patología
en el hospital (HVLH, 1936, p. 8; 1938,
p. 12); fue creado como anexo a la
cátedra de Psiquiatría de la Facultad de
Medicina de la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos, dirigida en ese
entonces por Honorio Delgado.
Fue conocido posteriormente
como Laboratorio de Anatomía
Normal y Patológica del Sistema
Nervioso o Laboratorio de
Investigaciones Cerebrales. Según la
descripción ofrecida por Caravedo
acerca del servicio: “En el Laboratorio
de Patología se hará el examen
patológico de los fallecidos en el
establecimiento, sea en el curso de su
enfermedad mental, sea por causa de
un proceso intercurrente […]” (HVLH,
1936, p. 8).
Caravedo nombró en 1936 como
jefe del servicio a Enrique Encinas
Franco, quien logró impulsarlo hasta
transformarlo en el más importante
del país. Ya en 1940, el parlamentario
Carlos A. Barreda (1945) señalaba lo
siguiente en una sesión del Congreso
sobre el “Servicio Encinas”: “[…] he
quedado sorprendido de la intensa
y eficiente labor de investigación
microscópica que se realiza allí. Hasta
ahora había creído que esos trabajos
de investigación científica eran
patrimonio exclusivo de los países de
cultura elevada” (p. 102).
Encinas nació en Puno el 21 de
marzo de 1895. Cursó la primaria en
el Centro Escolar 881, dirigido por
su hermano mayor José Antonio
Encinas, mientras que la secundaria
en el Colegio Nacional de San
Carlos. Sus estudios superiores en pre
medicina los inició en la Facultad de
Ciencias de la Universidad Nacional
de San Agustín de Arequipa, donde
elaboró, para el bachillerato, la
monografía Craneología Incaica,
uno de los primeros trabajos sobre
las trepanaciones craneanas en el
antiguo Perú.
Su viaje a Lima lo llevó a postular
a la Facultad de Medicina de la
Universidad San Marcos, en donde
egresó en 1923 con la tesis de
bachiller Geografía Médica del
Perú, además de formar parte del
movimiento de reforma universitaria
(Mariátegui, 1986, pp. 207-209; 1997,
pp. 106). Su experiencia en el rubro
de la clínica médica al lado de Carlos
Monge Medrano lo llevaron a aceptar
una invitación del director Hermilio
Valdizán para trabajar como médico
asistente en el Servicio de Admisión
del Asilo Colonia, cargo que mantuvo
entre 1927 y 1931 (HVLH, 1936, p. 8;
Mariátegui, 1986, p. 210).
En 1929 viajó becado a Alemania
por la Fundación Alexander von
Humboldt, relacionándose y
formándose con los más importantes
neuropatólogos alemanes de la
época, como los esposos Oscar y
Cecile Vogt, Julius Hallervorden, H.
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Jair Adolfo Miranda Tamayo
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Kufs, H. Spatz, A. R. Pfeiffer, etc. A ello
se le agregó una pasantía en Madrid
en 1935, en donde asimiló el rigor
del Instituto Cajal de Investigaciones
Científicas (Mariátegui, 1986, pp. 211-
212; 1997, p. 106). Si su ingreso al
Asilo Colonia lo había acercado a la
clínica psiquiátrica, su viaje por Europa
terminó por asentarlo en la anatomía
patológica del sistema nervioso. Ello
justifica su caracterización como
padre de la neurohistopatología en
nuestro país (Alayza, 1972, p. 122).
La jefatura del servicio la mantuvo
prácticamente hasta sus últimos
días, dedicándose íntegramente a
la investigación en los más diversos
campos de la neuropatología, lo cual
se reflejó en una copiosa producción
escrita. Falleció el 29 de setiembre de
1971, víctima de un infarto cardiaco.
Entre la década de 1930 y 1960,
el Servicio Encinas se convirtió en
un verdadero centro de cálculo,
siguiendo la categoría propuesta por
Bruno Latour (1992, p. 221), es decir,
un espacio donde la práctica científica
transformaba fenómenos complejos
–en este caso, la locura– en objetos
observables, medibles y comparables.
A través del estudio neuroanatómico
de los cerebros, la psiquiatría buscó
objetivar la enfermedad mental,
trasladando su comprensión desde el
terreno moral o conductual hacia el
dominio material del cuerpo.
En ese proceso de inscripción
y registro, el laboratorio convirtió
a los cerebros disecados, láminas
histológicas y protocolos de autopsia
en soportes de conocimiento,
donde la locura dejaba de ser una
experiencia subjetiva para convertirse
en una entidad susceptible de análisis
científico y clasificación médica.
Esta lógica de observación,
conservación y acumulación de
saber se extendió más allá del
ámbito estrictamente anatómico,
dirigiéndose hacia las prácticas de
archivo y documentación. Además
del espacio destinado a los exámenes
histopatológicos, el laboratorio
contaba con un archivo-museo
para conservar los moldes de los
órganos estudiados y los registros
de sus resultados, así como con
una biblioteca especializada. Esta
última, cuidadosamente formada
por Encinas a lo largo de su carrera
como neuropatólogo del hospital,
constituye hoy uno de los núcleos
más valiosos de la Biblioteca Enrique
Encinas.
Reunía los títulos más recientes
en patología, neurología, psiquiatría,
criminología, psicología y medicina
general, procedentes de centros
editoriales de Estados Unidos, Berlín,
Londres, París, Suiza, La Habana,
Buenos Aires, Santiago de Chile,
México D.F., Río de Janeiro, Quito y
Caracas, la mayoría encuadernados
en un inconfundible color negro.
Sobre la biblioteca del servicio, el
psiquiatra Javier Mariátegui (1997)
evocó lo siguiente:
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Como símbolo [de nuestra
cercanía], [Encinas] me entregó
la llave de la biblioteca del
Laboratorio, distinción que
sólo después, años más tarde,
valoraría en su exacta dimensión:
el laboratorio y la biblioteca,
eran “el paraíso perdido” de los
clásicos. […] Seguí frecuentando
la biblioteca y la amistad de
Encinas, hasta los últimos años
(p. 107).
En una de mis primeras visitas
a la excelente biblioteca del
Laboratorio […], indagué sobre las
obras de Freud y la órbita analítica
en general: Encinas me señaló
en lo alto –casi inaccesible– de
la estantería, la misma colección
que yo tenía de la traducción, por
Historia nueva, de las obras del
genial maestro vienés (Alarcón,
1990, p. 437).
La importancia del servicio se vio
reflejada en el aumento del asiento
presupuestal en materia de biblioteca
entre 1934 (S/. 418.53) y 1944 (S/.
2212.27), realidad sin precedentes
para el hospital, incluso para nuestros
días (HVLH, 1935, p. 269; 1951, p. 74).
El servicio y su biblioteca también
fue un espacio para el encuentro de
actores, el debate académico y la
concreción de agendas científicas.
En la década de 1950 y 1960, Encinas
congregó en su servicio a un grupo
de jóvenes intelectuales dedicados
al estudio de la patología tropical,
denominados por el entonces director
del hospital, Juan Francisco Valega,
como “Los Anacoretas” (Mariátegui,
1986, p. 215; Fernández, 1997, p. 109).
Estos jóvenes fueron Hugo Lumbreras,
Zuño Burstein, Abelardo Tejada,
César Náquira, Jorge Montesinos,
Carmen Villanueva, Juana Arrarte,
Roberto Llanos, Yolanda Lisarazo,
Rony Korngold, Francisco Morales,
Juana Infantes, Oscar Romero y Olga
Palacios, quienes contaron, además,
con el apoyo del destacado médico
tarmeño Hugo Pesce Pescetto, en
ese entonces jefe de la cátedra de
Enfermedades Infecciosas y Tropicales
de la Facultad de Medicina de San
Marcos, con sede en el Hospital 2 de
Mayo (Palacios, 1997, p. 113; Burstein,
2014, pp. 796-797).
Uno de los más importantes logros
de Los Anacoretas fue la fundación
del Instituto de Medicina Tropical
“Daniel Alcides Carrión” en la Ciudad
Universitaria de San Marcos, el cual,
luego de diversas gestiones con los
gobiernos peruano y alemán, fue
inaugurado el 15 de julio de 1963
e inició sus actividades científicas
en agosto de 1966. Fue el primer
centro de investigación de este tipo
en la costa pacífica de América Latina
(Palacios, 1997, p. 114; Burstein, 2014,
p. 797).
En suma, la expansión del libro
y la lectura hacia la enfermería
especializada y la investigación
histoneuropatológica evidencia que,
a partir de la década de 1930, estos
soportes dejaron de cumplir una
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función circunscrita a la Biblioteca
Central o a la lectura terapéutica de
los pacientes para integrarse a los
engranajes de la profesionalización
psiquiátrica. Tanto en la formación
técnica de enfermeros como en
la producción de conocimiento
especializado, el libro operó como
herramienta pedagógica, soporte
material de la investigación y medio
de circulación interna del saber,
articulando actores, prácticas y
espacios diversos del hospital.
Este proceso de diversificación y
descentralización del uso del libro
sentó las bases para su posterior
reagrupamiento y resignificación
institucional, cuestión que será
abordada en el apartado final a través
del análisis de la conformación y
herencia de la actual Biblioteca
Enrique Encinas.
Epílogo: La Biblioteca Enrique
Encinas
Lejos de constituir una ruptura con la
historia previa del libro y la lectura en
el hospital, la creación de la Biblioteca
Enrique Encinas en la década de
1980 debe entenderse como el
resultado –irregular y tensionado– de
un largo proceso de acumulación de
prácticas, usos y saberes vinculados
a la profesionalización psiquiátrica
desarrollados a lo largo del siglo XX. Su
creación podemos rastrearla luego de
la muerte de Enrique Encinas, ocurrida
el 29 de setiembre de 1971, que marcó
el inicio de un periodo crítico para el
servicio que llevaba su nombre y para
la biblioteca especializada que había
acompañado su labor científica.
Según un informe emitido por una
comisión de Gran Bretaña que visitó
el hospital en 1982, la biblioteca se
encontraba en un evidente abandono,
anotando que se habían realizado
“pocos esfuerzos para ponerla
a disposición del hospital y del
público interesado”, recomendando
la conformación de un Comité de
Biblioteca para el rescate de la misma
(Berrios, Miller y Stone, 1997, p. 188) –
medida que tuvo que esperar hasta el
2016 para su creación–.
En un intento institucional de
rescatar la colección bibliográfica
y hemerográfica del servicio, se
creó la Biblioteca Enrique Encinas,
apareciendo con dicho nombre en
un boletín bibliográfico editado en
marzo de 1985, bajo el impulso del
doctor Manuel Ponce Cornejo y la
asistencia de Ricardo Chávez G. y
Ana Arévalo Revilla. Se centralizó el
material bibliográfico del hospital en
aquel espacio, tanto lo existente en la
Biblioteca Central como en la de la ex
Escuela Mixta de Enfermeros y otros
servicios. Según el señalado boletín,
para 1984 acudieron un total de 450
lectores, entre médicos, psicólogos,
enfermeros, asistentes sociales y
estudiantes, por lo que existía una
demanda por parte de la comunidad
del hospital (Biblioteca Enrique
Encinas, 1985, p. 1).
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En este periodo de renacimiento
bibliotecario, llegaron importantes
donaciones al repositorio, como las
efectuadas por Javier Mariátegui, los
numerosos ejemplares entregados
por la Universidad Peruana Cayetano
Heredia, la iniciativa internacional
“Proyect HOPE”, entre otros.
La situación del hospital dio un
cambio significativo a partir de la
gestión de Enrique Javier Bojórquez
Giraldo (1994-2001), caracterizada
por una restructuración institucional,
su tránsito de asilo o manicomio a
hospital especializado, rehabilitatorio
y comunitario, la publicación de
Archivos Peruanos de Psiquiatría y
Salud Mental (1997-2000), entre otros.
Una siguiente visita efectuada
por la comisión de Gran Bretaña
para 1995, anotó la existencia de
“cambios considerables”, pues el
“hospital parece estar desarrollándose
con mejores lineamientos” (Berrios,
Boyington y Miller, 1997, p. 192).
Lamentablemente, para el caso de
la Biblioteca Enrique Encinas, los
avances habían sido pocos:
La biblioteca del hospital posee
lo que parece ser la mejor
colección de clásicos (siglo
XVIII y XIX francés y alemán) de
libros psiquiátricos disponibles
en Perú. Pero por negligencia (y
depredación) está en serio peligro
de desaparecer para siempre. La
humedad, gusanos y roedores de
libros están comiéndoselos. Y uno
de los visitantes (Bibliotecólogo
Honorario del Colegio Real de
Psiquiatría de Inglaterra) mostró
que cerca de la mitad podrían
ahora estar lejos de ser reparados.
Nosotros recomendamos que
se tome una acción drástica
(Berrios, Boyington y Miller, 1997,
p. 198).
Entrado el nuevo milenio, el Plan
Estratégico 2001-2005 incluyó a
la Biblioteca Enrique Encinas entre
sus objetivos y metas estratégicas,
buscando transformar el repositorio
en un Centro de Información
Bibliográfica en beneficio de los
proyectos de investigación (Bojórquez
y Bromley, 2000, p. 22). Sin embargo,
continuó en descuido.
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Figura 2
Biblioteca Enrique Encinas en 1990, siendo bibliotecario el abogado Benjamín
Vergara León.
Nota. Fuente: Martínez (1990)
Un punto de inflexión se produjo
recién a partir de 2016, con la
creación del Comité de la Biblioteca
Enrique Encinas, mediante Resolución
Directoral N° 150-2016-DG-HVLH.
Desde entonces, se impulsó un
proceso sistemático de recuperación,
organización y puesta en valor del
acervo bibliográfico, culminando con
la reapertura de la biblioteca al público
externo el 14 de noviembre de 2022
(HVLH, 2022).
Este proceso no solo supuso
la recuperación material de los
libros, sino también la reactivación
de sus funciones como soporte
del conocimiento científico y
como recurso terapéutico. La
implementación del servicio de
“Bibliomóvil Terapéutico” en diciembre
de 2025, destinado a llevar libros a
pacientes hospitalizados, simboliza
esta rearticulación entre ciencia y
terapia, que ya estaba presente en los
primeros años del Asilo Colonia de la
Magdalena.
De este modo, la actual Biblioteca
Enrique Encinas se configura como
heredera de un entramado histórico
de prácticas de lectura, formación
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Conclusiones
Aunque el presente artículo no
ha abarcado la totalidad de las
bibliotecas existentes al interior
del Hospital Víctor Larco Herrera –
pues también existieron, y algunas
aún existen, colecciones en los
servicios de psiquiatría infantil,
farmacodependencia, en el local del
Cuerpo Médico, el Museo de Historia
de la Psiquiatría, entre otros–, los casos
aquí analizados permiten comprender
cómo las prácticas y usos del libro y
la lectura formaron parte activa de los
procesos de construcción, circulación
y legitimación de los saberes psi al
interior del hospital en el siglo XX.
El libro deja de entenderse
únicamente como un soporte textual
o un simple vehículo de información,
para revelarse como una tecnología
social y simbólica que articuló
discursos, relaciones de poder y
formas de conocimiento en el espacio
hospitalario larcoherrerino.
La creación de una biblioteca
institucional en el Asilo Colonia
de la Magdalena a partir de 1918
marcó un quiebre respecto de las
experiencias anteriores en el Hospicio
de Insanos, al integrar el libro de
manera explícita y orgánica a los
procesos de profesionalización de
los saberes psi en el nuevo hospital,
especialmente el psiquiátrico. La
Biblioteca Central articuló, por
primera vez, funciones terapéuticas y
científicas bajo una lógica institucional
coherente, sustentada en colecciones
especializadas, presencia en la
reglamentación formal, e inserción
en las redes de intercambio editorial
internacionales.
Sin embargo, también se puso
en evidencia las tensiones internas
alrededor del acceso a la lectura,
pues existieron desigualdades
infraestructurales y limitantes
educativos, así como dificultades
materiales y administrativas que
limitaron su consolidación. Aun así,
el libro se afirmó como un soporte
importante para la formación médica
y la legitimación disciplinar de la
psiquiatría.
La expansión del libro y la lectura
hacia otros servicios del hospital
entre 1930 y 1971 –como la Escuela
Mixta de Enfermeros y el Laboratorio
de Anatomía Normal y Patológica
del Sistema Nervioso– demuestra
que estos soportes dejaron de estar
circunscritos a la Biblioteca Central
profesional y producción de saber
psiquiátrico que atravesó distintas
etapas de institucionalización, crisis
y reforma. Su trayectoria permite
comprender cómo el libro ha sido,
a lo largo del tiempo, un dispositivo
central en la vida hospitalaria, capaz
de articular conocimiento científico,
intervención terapéutica y proyectos
de profesionalización en la psiquiatría
peruana.
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para integrarse plenamente a la
formación técnica, la investigación
especializada y la circulación interna
del conocimiento. En este periodo,
el libro operó como herramienta
pedagógica, archivo científico
y medio de inscripción de la
enfermedad mental, contribuyendo
a la diferenciación y especialización
interna de los saberes psi.
Asimismo, la dimensión material
del libro –a través de la imprenta
y la laborterapia– revela que los
propios pacientes participaron, de
forma paradójica, en los circuitos de
producción del conocimiento que
los definía como objeto de estudio,
evidenciando la compleja red de
mediaciones entre ciencia, trabajo
terapéutico y cultura escrita.
La trayectoria de la Biblioteca
Enrique Encinas, conformada
institucionalmente en la década de
1980, sintetiza y hereda las diversas
tradiciones históricas del libro y la
lectura desarrolladas en el Hospital
Víctor Larco Herrera a lo largo del siglo
XX. En este repositorio confluyeron
las bibliotecas terapéuticas, científicas
y técnicas de distintos servicios,
convirtiéndose en un espacio de
memoria, investigación y producción
de conocimiento. Pese a los periodos
de abandono y fragilidad institucional,
su reciente proceso de puesta en
valor –junto con la reactivación de
la biblioterapia– reafirma la vigencia
del libro como dispositivo articulador
entre ciencia y terapia.
De este modo, el artículo
propone comprender la historia de
la psiquiatría peruana no solo desde
sus doctrinas e instituciones, sino
también demostrando cómo el libro
y la lectura participaron activamente
en la construcción, circulación y
legitimación de los saberes psi en el
Perú.
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Jair Adolfo Miranda Tamayo
e-ISSN: 2709-5649 - N°. 53(2025): pp. 154-185
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